Es un espacio pequeño, apenas caben el escritorio, dos sillas para visitantes y tres libreros que contienen, en su mayoría libros de derecho que van adquiriendo polvo con el paso del tiempo, pues es ya raro que los consulte, en parte por mi cambio de actividad, pero con más razón por el avance tecnológico que nos aleja del papel y nos acerca a la pantalla. Pero es en este pequeño espacio donde los últimos años me he dedicado a esta nueva labor de escribir para el público.
Todo empezó, cuando recién me había retirado del ejercicio de la abogacía, que me llegó un correo de la Barra de Abogados en el que informaban que habían logrado recuperar un espacio en la sección dominical de un periódico local, para quienes quisiéramos publicar algún artículo.
Teniendo el tiempo para hacerlo, me dediqué al tema y empecé a escribir, pensando que lo que le interesaría al público sería conocer de casos famosos, más que de las cuestiones tediosas y aburridas que escribimos los abogados cuando tratamos de interpretar una ley o describir alguna figura legal; fue así que empecé a enviar a mis amigos de la barra, aportaciones que fueron bien recibidas por la casa editorial que las publicaba en primera o segunda plana, lo que me decía que no estaba haciendo mal las cosas.
Fue en enero de 2015, cuando una querida periodista que me habló desde Chicago a quien le comenté que estaba escribiendo un artículo sobre lo acontecido en las instalaciones de la revista Charlie Hebdo en París (seguramente el lector recordará ese triste evento en el que terroristas mataron e hirieron a 17 personas dentro de esas instalaciones) y me pidió le enviara el borrador, lo que hice.
Unas horas después mi amiga me volvió a hablar y me comentó que le había gustado lo que escribí sobre el tema y que, si yo no tenía inconveniente, podría enviar mi artículo a un amigo que trabajaba en el periódico Chicago Tribune, a lo que accedí, mi sorpresa fue grande cuando me contacté con el editor del periódico Vívelo Hoy quien me manifestó su interés por que colaborara con ese medio.
Fue así como empezó esta nueva y grata experiencia para mí, el escribir para la sección hispana de uno de los periódicos más connotados de los Estados Unidos y de más circulación en todo el país; en principio significó un honor, pero no tarde mucho percibir que era mayor la responsabilidad, pues se me presentaba la oportunidad de comunicarme con una población de más de 2100 millones de personas de habla hispana, en la región de influencia del periódico.
La minoría más grande de la región, una comunidad trabajadora, honesta, que en su mayoría tuvo que dejar sus espacios naturales en Latinoamérica o el caribe, para buscar mejores oportunidades de vida; en mis visitas previas a Chicago había sido testigo de historias de sufrimiento y de triunfo alcanzado en un ambiente hostil, de climas extremos, distinto idioma, religión y pautas culturales, lo que lleva a la unión entre ellos, que se han transformado ya en parte de la vida cotidiana de la región, representada por el barrio La Villita.
Es a ellos a quienes tenía que comunicar y mi responsabilidad fue ayudar, dentro de mis limitadas posibilidades, a su superación, así que al escribir mis columnas siempre he tratado de enviar un mensaje cultural, de entretenimiento, de superación, de crítica política informativa, buscando crear en mis apreciados lectores un sentimiento muy particular: el orgullo de pertenencia.
Orgullo de pertenecer a una cultura hispana que se caracteriza por su religiosidad, sus costumbres alimentarias, su música, sus bailes y sobre todo por su lengua.
Carlos V, hace 5 siglos, fue el monarca más poderoso en Europa, entre sus cualidades se menciona que manejaba con fluidez diversos idiomas y cuenta la leyenda que estando reunido con ministros y embajadores, estos le cuestionaron para qué usaba cada idioma y así el rey respondió: el francés lo usó para seducir a las mujeres, el inglés para negociar, el italiano para hablar de arte y el alemán para dirigir a mis ejércitos. Tímidamente, el ministro de España preguntó: el español ¿para que lo usa?
- ¡Ah!, le contestó el monarca, - ¡el español lo uso para hablar con Dios!
Esta semana, uno de los bastiones de la lengua hispana en la región de Illinois va a desaparecer. El periódico en el que tuve el honor de escribir durante 5 años y que me dio el privilegio de comunicarme con los amigos latinos de esa región, tendrá que cerrar sus puertas, los tiempos avanzan y los cambios nos envuelven, los periódicos en papel están siendo sustituidos por las pantallas digitales y es ahí donde espero volver a encontrarme con mis amables lectores.
Honor y privilegio que la vida me dio y que despierta en mí un fuerte agradecimiento hacia la casa editorial y el personal que con amabilidad y profesionalismo me acogió en ella, pero sobre todo a los estupendos lectores que semana a semana me concedieron el honor de leer lo que escribía, pues es para ustedes que trabajamos en el periódico y no les mando un adiós, sino un hasta pronto, dado que estoy seguro que no tardará en aparecer en Chicago un nuevo periódico que se edite en la hermosa lengua de Cervantes.
Gracias a todos.

—Oscar Müller Creel es doctor en Derecho, catedrático y conferencista. Puede leer sus columnas en www.oscarmullercreel.com